lunes, 3 de abril de 2017

Renir


Tenía un brillo extraño en los ojos. Eso fue lo que me atrajo...su silencio y su mirar me dejaban inquieta. Quería más...sin duda era una "rara avis". Desolado por momentos, altivo por otros. La dignidad le resultaba una cuestión ajena. Algo que se lleva en los genes. Y él no sentía en los suyos aquel sentimiento. Se le notaba que sufria...

                                                               Fragmento de mi cuento "Renir"

martes, 27 de septiembre de 2016

Sabores


A veces diria
que estás amargo
Por momentos
se te filtra la ironia
y te tornas agridulce
La mirada melosa
te deja vulnerable
crudo
casi sin asar
Después retornas
a la normalidade salada
de las lágrimas
Um dejo apimentado
te trae de nuevo
a la punta de la lengua
la misma con
la que supiste acariciar



Nora Ibarra
Florianópolis-Brasil Septiembre 2016


lunes, 29 de agosto de 2016

Sin Rumbo


Creo que la vida duele menos si transformamos sus vicisitudes en aventuras.
Fue lo que me propuse para mitigar la angustia. Vieja camarada de muchos años.
Siempre desentoné en los arquetipos humanos. Fui demasiado fino en lo rústico y tosca en lo refinado. Incomprendida para el miserable. Despreciada por el erudito. En síntesis, una desclasada social.
Para resguardarme del despojo convertí la ficción en mi realidad hasta darme cuenta que esta también me angustia.  Un buraco oscuro...profundo...me asedia donde que quiera que voy. Nuevamente andar  entre sueños y fantasmas. Con mansedumbre dejarme llevar por el compás absurdo de la nada.


                                                                           Nora Ibarra
                                                         Fragmento de mi futura novela
                                                      Arroz con Frijol - Diario del Auto-Exilio

miércoles, 17 de agosto de 2016

A los Desaparecidos de mi Pais


Jinetes apasionados
marchan orgullosos
llevando como estandarte
el ideario de la igualdad
Los escucho
Los veo pasar
Ignoran con vehemencia
la negrura de la crueldad
Manitas tiernas
los rozarán en el tiempo
Corazones envueltos
en pañuelos blancos
Antorchas flameantes
de la memoria activa
Los escucho
Los veo pasar
Corean al unísono
Nunca Más!

                                                                     Nora Ibarra
                                                              Brasil - Agosto 2016

jueves, 30 de junio de 2016

Tic Tac

Mi memoria está desvanecida
Solo recuerda olvidar
Tic tac...tic tac
Suena el tiempo desde algún lugar
Y un tango me trae
desde lejos
la añoranza de no estar
tic tac...tic tac
Suena el tiempo desde algún lugar


                                                                Nora Ibarra
                                                         Brasil - Junio 2016

viernes, 10 de junio de 2016

lunes, 9 de mayo de 2016

El Diario de Magdalena (fragmento)


                                      EL DIARIO DE MAGDALENA

El teléfono sonó a las nueve y media de la noche. Tengo por costumbre desconectarlo a partir de las ocho. Esa vez me olvidé de hacerlo.
Atendí de mala gana. Del otro lado de la línea, una voz masculina pronunció mi nombre. Me pregunto:
─ ¿Usted es oriunda de Santa Martina?
La pregunta me irritó. Respondí con sequedad
─ ¿Quién quiere saberlo?
Con tono intimidado dijo
─ Le hablo de Santa Martina señora…de la escribanía Montes… soy el hijo del escribano Juan Montes…yo también soy escribano
Recordé quien era de inmediato. En aquella época – nuestra pre-adolescencia-  él tendría unos catorce años. Rubio, bajito. Miraba de soslayo al hablar. Medía a su interlocutor, calculaba la respuesta. Sus ojos celestes, dulces, se volvían felinos ante la expectativa. Lo llamaban el “hijo del escribano”. Nadie le prestaba mucha atención. Quedaba desdibujado frente al magnetismo seductor del padre, que era donde sí, estaban puestos los ojos de todos.
Fui cortante al responderle
─ Sé quién es usted. ¿Qué se le ofrece?... ¿Por qué me llama a esta hora de la noche?...
Hizo una pausa prolongada.  Le escuchaba el ir y venir de la respiración.  Adiviné  el ritmo en la respuesta
─ Es sobre Magdalena Pigossi señora…falleció…hace quince días
No pude hablar. Quedé fulminada, sin fuerzas. Hacía más de treinta años que no tenía noticias de Magda ni de Mercedes, ni de Helena. La memoria me devolvía en un ralentí el pasado guardado que nunca pretendía recordar.

Cuando Magdalena llegó a Santa Martina tenía once años. Su papá compró en remate el caserón que fuera de Aurelia Márquez. Se mudó con su madre y su hermano tras la separación de sus padres.
La casa estaba separada de la mía por una pared medianera. Desde el banco de casa veía el fondo de la de ella. Tenía un arbusto de mimosa. Así le decían al  ligustro gigante que crecía cerca del mar, resistente al clima. Magdalena se escondía debajo de él para fumar. Yo la espiaba agazapada en la sombra, situación que me transformaba en cómplice de su transgresión. Una vez me vio. Al rato apareció en la puerta de casa. Usaba un jardinero color azul  desteñido o gastado por el uso. El cabello oscuro enmarañado en una trenza le serpenteaba sobre el hombro derecho.
 Yo me iba acercando hacia ella lentamente, tratando de prolongar el encuentro. Intuía, temía por lo que me diría. En tanto ensayaba un pretexto que dejase mi curiosidad libre de culpa y pena, liberada de enemigos y posibles sanciones. Ella debería entender que no lo hice por mal. No todos los días encontramos vecinos  establecidos, fuera de temporada veraniega, de casi mi edad…fumando ocultos debajo de un arbusto. La manera en que me habló me dejó más que sorprendida. Frunció los labios como si fuera a dar un beso. Con gesto burlón, o al menos eso me pareció, dijo
─ Hola, me llamo Magdalena. Todos me dicen Magda o Maida. No me incomoda cualquiera de los dos apodos. Llámame como más te guste.
Hablaba sin interrupciones. Sin comas, parecía que se quedaba sin aire. Hacía una pausa cortita y seguía hablando. Yo la observaba con las manos en los bolsillos para disimular el temblor de estas. Esperaba que dijese algo sobre mi capacidad de espionaje. Para mí extrañeza no mencionó nada. Más, me invitó para volver al día siguiente. Regrese al otro día, correspondiendo a su invitación… y al siguiente de ese… y al otro… y al otro. Así fue como me inicié en lo que para mí era en ese entonces, el arte de fumar.

II
Bajé en la terminal de ómnibus a las diez de la mañana. Santa Martina ahora tenía terminal, parada de taxis y hasta un barcito donde tomar café, fuera para despabilarse de la modorra del viaje o para valsear la espera del micro. El bar estaba lleno de parroquianos, hermanados en el vaho de la ginebra.
Me dirigí, a paso lento, imaginando baldosas en el fango, hacia la escribanía Montes. Observaba las fachadas de los negocios nuevos (al menos para mí lo eran). Al menos a simple vista todo parecía renovado distinto a como lo vi la última vez. Cuando me fui, como si huyera de un mal sueño. Eso es lo que este pueblito significaba para mí y mis amigas de la adolescencia, ahora lejanas.  Desdibujadas en mi memoria. Sonreí con sarcasmo al pensar: el orden del tiempo no le alteró el producto a esta aldea con aire de prima dona.  Entretanto, miraba al  alrededor, por si al cruzarme con alguien, este pudiese adivinar la mordacidad de mi pensamiento.
El  descendiente del  escribano Montes me estaba esperando. Se había convertido en un hombre de mediana edad, calvo, un poco excedido de peso para su estatura. Los ojos celestes cristalinos, no habían perdido ese contemplar inquietante. El escribano Montes aseguró muy bien su estirpe en su vástago. Abnegado y fiel para con él y solapadamente artero para con los demás. Con los años, el hijo del escribano era un arma de doble filo,  impredecible en las intenciones y el pensamiento.
Me escudriñó. En cuanto lo hacía, se embarullaba con las palabras. No sabía que decirme. Me dio el pésame. Preguntó
─ ¿usted conocía a Magdalena Pigossi?
─ Sí ─ Me encogí de hombros ─ ¿Quién conocía verdaderamente a Magda? Esquiva y contradictoria. Nunca se mostraba del todo. Se fue del pueblo a los dieciocho años y reapareció siete años más tarde.  Deambulaba  misteriosa por la calle, con cierto atisbo de hastío. Una vez la encontré en la puerta del supermercado. Fumaba. Escupía las bocanadas de humo sin tragarlo. La humareda la volvía una figura fantasmagórica.  Me tomó por el brazo. Me llevó aparte, para que nadie pudiera escuchar. Susurró
─  Sal de este pueblo. Está gente está corroída…enfermo. Vete lejos mientras puedas